Aquellas palabras entraron como aire fresco por mi cuerpo, lo recorrió de un extremo a otro y finalmente caló entre mis recuerdos.
Cada mañana, al pasar por la calle de la poesía, escuchaba recitar a una mujer mayor desde su balcón una nana, una nana diferente cada mañana. Me gustaba escucharla y andar por aquella calle terminó convirtiéndose en una obligación. Sus palabras no eran bellas y nunca conseguía recitar una rima, pero había algo... ese algo era un sentimiento, que alternaba entre sollozos y medias sonrisas. Perplejo de tal maravilla, un día opté por pararme bajo su balcón, esperé que hiciera fin con su nueva nana y aplaudí apasionadamente haciéndole entrega de mi admiración, ella se asomó y me preguntó que me ocurría, yo le confesé lo que por mi cabeza rondaba, tras media hora dialogando, uso ciertas palabras que me aturdieron.
“Niño, yo nunca he podido aprender a escribir, desconozco las mayúsculas tanto como las minúsculas, no podría reconocer incluso el nombre de mis hijos o el de mi difunto y estimado marido, por ello canto todas las mañanas, y lo que canto es mi vida, la canto mañana tras mañana, porque de esta forma siempre la recordaré, no tengo papel ni pluma, y aunque la tuviera no sabría plasmar las cosas bellas que he vivido. Por ello las recito, para que ninguna enfermedad me haga olvidarlas, ya que si lo olvido nunca podría recuperar mis recuerdos, y por tanto nuca podría vivir felizmente. Niño, a ti te han hecho un regalo, un bello regalo el cual debes aprovechar… Tienes el don de la escritura, conoces todos sus secretos y puedes plasmar con ello todo lo bello que te suceda o ronde por tu cabeza, usa este regalo, es algo especial, es una forma de mantener tu vida al día, es una forma de vivir para siempre… Recuerda, lo que escribes, siempre podrás recordarlo sin gran esfuerzo…”
Agradecí su tiempo y marche para realizar los recados, por lo cuales había partido aquella mañana. Al día siguiente volví a pasar, y la vieja mujer cantaba una nueva nana en la cual pude escuchar mi nombre, sonreí y le grite mientras me alejaba, dándole las gracias.
Aquella adorable mujer falleció a los pocos meses, junto a su nicho le dejé una placa en la que puse: “Para Doña Enriqueta López, para que de esta manera usted ya nunca pueda ser olvidada.”
Aquella mujer conocía uno de los mayores secretos de esta vida. Un secreto que consiste en al escritura, un tesoro único y envidiable, un secreto con el cual puedes expresar sentimientos tanto positivos como negativos, experiencias únicas… Yo lo llevo a la practica, y espero que esta pequeña anécdota os lleve a vosotros también a tal maravilloso mundo.