Es en aquel momento, en el que la
ira, los nervios y la rabia dominan tu cuerpo, donde el sin sentido nubla cada
rayo de coherencia, donde la cólera simpatiza con la fuerza, y la fuerza se aúna
con un sin fin de berridos. Berridos que acaban en ríos de lágrimas, en un
estado nervioso a la par de vacío, vacio de toda rabia acumulada, en un estado
de paz, paz a precio de una corta pero intensa guerra contigo mismo. Una guerra
que nace de una sociedad vecina, pero que es luchada a espada en el interior de
uno mismo. Al acabar, en ese instante de paz, es el momento en que pensando en
la locura de todos, la cual te ha hecho acabar en tal entuerto, te hace pensar
si realmente el loco eres tú mismo o en contra, si al mejor opción es tratarte
de loco, para que la solución más rápida a tus guerras sea la ignorancia, sin
darle la mayor importancia, porque finalmente, el “loco” eres tú.

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